Hace días que prefiero quedarme en casa cuando se esconde el sol y despertarme antes de las nueve de la mañana. El tiempo ha cambiado y mejorado notablemente, mejorado en el sentido contrario al que la gente entiende por mejorar, el aire es más frío y ahora salgo a desayunar al jardín con manga larga. El otro día fui a pasear y descubrí que hay un horno con una terraza preciosa cerca de mi casa, mañana iré a desayunar allí con Rome (que está ahora enrollado en mi brazo derecho y por eso estoy escribiendo con la mano izquierda, pero no pasa nada porque nací ambidiestra). Me encanta hacer cosas por las mañanas aunque normalmente las haga sola. Raúl es el único que quiere porque por las tardes trabaja en una tienda de juguetes y le explotan, le explotan demasiado y yo siempre se lo digo. En su tienda venden un acordeón y los huevos de chocolate de las tortugas ninja que tanto me gustaban y que dejaron de vender, aunque me ha dicho Raúl que eso era al principio y que en su tienda ya no quedan o están en mal estado. Hoy hemos ido a recoger unas fotos, yo había dejado el carrete que había hecho con la cámara Rusa que me trajo Álvaro de los Balcanes y me he alegrado mucho porque funciona a la perfección y saca unos tonos más que bonitos (dios, mis expresiones son cada vez más pobres). Raúl ha recogido dos carretes más. Cuando las hemos visto todas me he dado cuenta de que eran, posiblemente, las fotografías de nuestros últimos días de verano aunque no me he puesto nada triste porque tanto él como yo tenemos unas ganas increíbles de que empiecen las clases y la lluvia.