miércoles, 25 de noviembre de 2009



Caminé hacia la biblioteca porque tenía que devolver un libro, y así cogería algún otro. Llevaba en mente tomar prestado aquel de Maurois que ya me llevé en su día y que nunca comencé debido a aquella mala costumbre de creer que podía con varios a la vez (cosa que sigo haciendo pero en menor medida porque si no siempre hay uno o dos que les lleva ventaja al resto y éstos suelen quedar estancados). Pues bien, primero decidí buscar si estaba disponible, por suerte mía sí lo estaba, tras esto intenté escoger otros al azar, marcando en el teclado, sin mirar, con los primeros nombres que se me ocurrían, tras varios resultados erróneos, nada gratificantes y con un éxito considerable en libros de auto-ayuda (¡casi muero petrificada!) opté por dejar mi absurdo juego y salir de ahí sólo con un acompañante, ¡y menudo acompañante! tengo devoción por las ediciones antiguas (aunque, ¿quién no?) y siempre me invade una felicidad extrema cuando me encuentro con una, y ésta precisamente es de un color verde que adoro. Quería ir a la tienda de disfraces que hay cerca de la biblioteca, y de hecho lo hice, pero no encontré lo que andaba buscando así que me fui un poco desilusionada. Llegando ya al paso de cebra Mario me dijo que quería ir a una tienda de discos que había cerca, así que decidí  acompañarle y de paso mirar alguno (porque justo unos días antes Álvaro me había dicho que ya había colocado el tocadiscos en su habitación), al final terminé comprando esta maravilla:



Después caminamos hacia el ayuntamiento porque a las ocho yo quería ir a la filmoteca, pero aún eran las seis (aunque no lo recuerdo con exactitud) y decidimos ir a tomar algo porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Le llevé a mi café favorito que había descubierto con Álvaro hacía un año, o quizá más, o quizá menos. Decidí tomar un té de canela, que es mi preferido por excelencia, y me lo sirvieron en una tetera preciosa (adoro ese sitio, un día he de subir fotos, quizá esta semana pero las haré con la digital porque las que hice fue con la analógica y aún no las tengo). Yo me sentía realmente agotada, había estado desde las ocho de la mañana en pie y sólo había parado dos horas (si llegaba) en casa para comer, he de decir que al llegar a casa mi madre había traído una tarta capuchina, que es su preferida y también la mía. estaba deliciosa:


Después había ido corriendo de nuevo a coger el bus, porque si no cogía el de las cuatro y media hasta las seis y media no pasaba otro y eso ya lo veía muy tarde para lo que quería hacer. El caso es que al llegar al café no estaba demasiado animada como de costumbre cuando Mario y yo nos vemos, pero me sentía feliz por estar con él aunque no se me notara demasiado. Tras dos tazas de té, un café con leche, dos galletas acarameladas y alguna que otra historia el reloj marcó las siete y veintiséis (hora exacta, porque me fijé y lo recuerdo) así que pagamos y él me acompañó a la puerta del teatro, ahí nos despedíamos. Tras esto entré y subí al ascensor, que ya he nombrado varias veces, y pulsé el botón número cuatro, estaba completamente sola rodeada de mis reflejos por todas partes (todas las paredes tienen espejo) así que empecé a hacer caras y a mirarme de reojo sin ningún tipo de gracia. Me sorprendió que no hubiera mucha gente, pero luego pensé que normalmente la sesión de éxito suele ser la de las seis. Así que me quité el abrigo y dejé las cosas en la butaca de al lado, me di cuenta de que en la fila de atrás había un chico sentado y observaba fielmente todos mis movimientos, cruzamos un segundo la mirada porque me pareció del todo descarado. Me senté y comencé a leer el libro que había tomado prestado porque aún quedaban diez minutos para el comienzo de la proyección, me volví a sentir observada cuando me acerqué al bolso para sacar un pañuelo, caray, ¡seguro que ahora también quiere ver cómo me sueno! -pensé. Empezó a sonar la música que anuncia que las luces se apagarían en un minuto aproximadamente y cerré el libro y me acomodé. Ya he dicho muchas veces que me encanta ese momento mucho, así que aunque lo esté repitiendo intentaré no hacerlo más. El primer cortometraje o película corta era el famoso viaje de Méliès a la luna, yo tenía la esperanza de que sin más aparecería un pianista en la sala y tocaría para la proyección, pero no hubo suerte, de todas formas creo que me gustó mucho verla muda del todo, con alguna risa en momentos puntuales y ese ruidito que tanto gusto da del proyector, las anteriores veces que la había visto en una pantalla decente (no la de mi ordenador) había sido con música y por eso mi esperanza radicaba ahí. Después vinieron varias historias cortas más, de animación la mayoría, una que no entendí en absoluto, o sí entendí pero en la que pensé que mi humor debía estar en otra dimensión porque no me hizo absolutamente nada de gracia y el público (en su mayor parte) se reía bastante, eso por no decir también que los dibujos eran horribles y desagradables. Entre todos hubo uno que provocó que me saltaran las lágrimas, me pareció totalmente poético, aunque también tenía su punto cómico, el cual si que capté y me hizo sonreír, era francés, como no. Tras terminar la proyección y que unas luces tenues se encendieran, empecé a recoger mis cosas y me coloqué el abrigo, por supuesto el chico de la fila de atrás no se iba a perder detalle de nuevo, esta vez fui yo la descarada y le eché una mirada fulminante al marcharme. Me metí en el servicio y al salir observé que el ascensor estaba a punto de cerrarse pero que una pareja estaba intentado abrirlo para meterse también, así que rápidamente me uní a ellos. Sorpresa de mí cuando me di cuenta de que él y yo estábamos al lado, de repente, sin más, mirando hacia abajo y con una voz suave y bajita dijo: "un pequeño paso para un hombre pero un gran paso para la humanidad. Eres preciosa". Yo me quedé totalmente paralizada y sentí la vergüenza más grande del mundo en ese momento, no podía creerlo, bajé la mirada del todo y emití un sonido que no sabría definir exactamente. Esperé con ansia a que el ascensor me diera paso para huir, saqué la bufanda del bolso y me la puse disimuladamente al irme. Supongo que sólo él y yo entendimos lo que dijo y supongo que alguno de los que estaban en el ascensor también lo escucharía y pensarían que era un pobre loco, pero sinceramente no me pude dar ni cuenta. Tendré que decir por último que lo de decir la famosa frase de Armstrong debió de ser porque la proyección trataba sobre cortometrajes de viajes a la luna, y esa frase salió más de una vez. No sé si a parte de eso también llevaba un mensaje secreto.