Me encanta despertarme pensando que llevo cientos de horas durmiendo, mirar el reloj y que marque las nueve y treinta y siete, estar descansada y saber que tienes toda la mañana para poder desperezarte mientras escuchas el cd que te compraste la tarde anterior en la fnac por nueve con noventa y cinco y que no podías creer cuando lo viste porque era una recopilación de Bob Dylan que incluía tres cd's y unas fotos preciosas, y a pesar de que nunca has sido muy partidaria y le has hecho ascos a lo largo de tu vida a las recopilaciones te lo compras porque no puedes girar la cabeza y mirar hacia otro lado ya que te lo han puesto al lado de la caja donde has estado haciendo una cola de al menos diez minutos para pagar el libro de Vila-Matas tan genial que Álvaro te ha descubierto esa misma mañana, los nueve cuentos de Salinger porque te compraste a Franny y a Zooey pero no ése y más tarde te arrepentiste y por eso ahora lo llevas debajo del brazo mientras haces la cola, repito, de los diez minutos, que visto así no parecen muchos minutos para una cola pero que aseguras que sí lo son porque la gente no tiene noción del tiempo y diez minutos son muchísimos minutos. Así que te levantas de la cama, vas al baño, te lavas la cara y bajas las escaleras descalza mientras te miras los pies y piensas que quieres grabarte algún día haciendo eso porque los pies quedan realmente bonitos chocando contra el parquet hacia esa dirección. Le abres la puerta a los nenes-perros pero éstos deciden que no quieren salir al jardín y que se van a quedar contigo mientras te preparas el desayuno, que en realidad no te preparas porque comes un trozo de Brownie que cocinaste hace dos días y que se te quemó y nadie se ha comido aún, pero no sabes si no se lo han comido porque se quemó. Abres la nevera y no hay leche fría y si no hay leche fría no puedes beber leche así que bebes agua. Sales a la terraza y está tan nublado que piensas que el sol hoy no saldrá pero que a ti te da igual porque es un día maravilloso. Terminas el desayuno y vas por las escaleras, esta vez subiendo, para llegar a la habitación naranja y poner el primer cd de la recopilación, te vuelves a tumbar en la cama con la voz de Dylan y crees que ese momento va a ser el mejor del día y te quedas hasta que el cd termine con la canción número diecinueve pero antes de que esto pase las lagrimas te han saltado con It's all over now, baby blue y ha sido precioso. Después de esto decides guardar los otros dos cd's para otras dos mañanas y enciendes el portátil para transcribir del papel al blog alguna tontería sobre los últimos días, pero decides hacerlo rápido y no te da tiempo a escribir casi nada porque ya son las once y veintiséis y has de ducharte, vestirte y coger el autobús para ir a casa de tu abue que has quedado con ella a comer y apuntarte algunas recetas secretas, darle muchos besos porque hace tiempo que no la ves y es una de las personas más importantes de tu vida. Así que seleccionas esto de todo lo que tienes:
Parece que no va a hacerse de noche nunca. Han pasado nueve días aproximadamente y no sé por donde empezar, así que vomitaré desordenadamente. Tengo hojas manchadas recicladas, de una libreta muy pequeña con gusanillo gris metal y tapa marrón, aunque en realidad sería más correcto pluralizar la tapa y así convertirla en dos, la libreta me la regaló Raúl hace poco, un día que estábamos subiendo por las escaleras.
El Viernes pasado se llamaba Doce y terminé los exámenes. Asistí a la cena de clase y luego a la fiesta de la escuela. Como estoy algo perezosa optaré por saltarme varias líneas hasta que te encuentre. No sé si las llamadas a las once llegaron a tiempo, en realidad habría que convertirse al singular porque sólo fue una la llamada, pero yo al menos quiero pensar eso (genial Andrea, has elegido el peor día de tu torpe coordinación para transcribir).
Los silencios no me asustan, a veces me inquietan pero me has enseñado a controlarlos tanto que ya forman parte de los dos. Intento interpretarte de muchas formas y luego sólo de una, prefiero hacerlo así, aunque luego me termine equivocando. Me gusta tanto despertarme con el olor a sal y tu brazo rozando, tanto o casi tanto como cuando me despertaba en la playa, tú ya sabes a qué playa me refiero y que esa playa en realidad no existe y por tanto ni siquiera es una playa. Quizá el primer sentimiento que tuve fué de tristeza, pero porque no me encontraba, ni te encontraba a ti. También me atormentaba un pensamiento de decepción y frustración que iba ligado al resentimiento de que todo lo habías estropeado (aunque no es verdad y sólo lo pensé por un momento). El Lunes me desperté contenta, como hacía tiempo que no me despertaba. La medusa y los pies hundidos en arena me ayudaron. El retiro espiritual también, y el volver a verte desayunar, eso lo que más (...)
Tu silencio es tan fulminante, tanto, que no me quiero separar de él en muchos años. No, al menos, hasta que me decida a fenecer en Tokio y entonces sepas que aprendí a volar.